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viernes, 24 de septiembre de 2010

El cuento del FINDE

Los siete mensajeros
[Cuento: Texto completo]
Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad y las noticias que me llegan son cada vez más raras.
Comencé el viaje cuando tenía poco más de treinta años y han pasado ya más de ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino.
Creía, en el momento de partir, que en pocas semanas habría alcanzado los confines del reino; por el contrario, seguí encontrando nuevas gentes y países y en todas partes hombres que hablaban mi mismo idioma y que decían ser mis súbditos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha enloquecido y que, creyendo avanzar siempre hacia el sur, en realidad damos vueltas sobre nuestros propios pasos sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué no estamos ahora junto a la extrema frontera.
Pero más frecuentemente me atormenta la duda de que este confín no existía, que el reino se extienda sin límite alguno y que, por más que yo avance, jamás podré arribar a la frontera. Empecé el viaje cuando tenía más de treinta años, demasiado tarde, quizás. Los amigos, los mismos familiares, se burlaban de mi proyecto, opinando que iba a despilfarrar los mejores años de mi vida. Pocos de mis leales, en realidad, aceptaron partir.
Si bien era algo descuidado -mucho más que ahora- me preocupé de poder comunicarme, durante el viaje, con mis seres queridos; entre los caballeros de la escolta elegí los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros. Creí, ignorante de mí, que tener siete mensajeros era una verdadera exageración.
Con el transcurso del tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, a pesar de que ninguno de ellos fue asaltado por los bandidos ni malogró su cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.
Para distinguirlos con facilidad les puse nombres cuyas iniciales eran alfabéticamente progresivas: Alejandro, Benito, Carlos, Daniel, Eduardo, Federico, Gregorio.
Poco acostumbrado a estar lejos de mi casa, envié al primero, Alejandro, al caer la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. A la noche siguiente, para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, después al tercero, después al cuarto, consecutivamente, hasta la octava tarde del viaje en que partió Gregorio. El primero todavía no había regresado.
Llegó la décima noche mientras acampábamos en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido menor a la prevista; había pensado que, yendo separado y en un corcel inmejorable, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros, pero no había recorrido el doble, sino sólo una vez y media; en unas jornadas, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él avanzaba sesenta, pero no más.
Lo mismo pasó con los otros. Benito, que partió la tercera noche del viaje, retornó recién a la décima quinta; Carlos, que partió a la cuarta noche, nos alcanzó en la vigésima. Muy pronto comprendí que bastaba multiplicar por cinco los días que llevábamos viajando para saber cuándo volvería el mensajero.
Al alejarnos constantemente de la capital, el itinerario de los mensajeros se hacía cada vez más largo. Después de cincuenta días de camino el intervalo entre un arribo u otro comenzó a espaciarse sensiblemente; mientras antes veía llegar al campamento un mensajero cada cinco días, el intervalo llegó a hacerse de veinticinco días; la voz de mi ciudad, de esa manera, se volvía cada vez más apagada: pasábamos semanas enteras sin tener ninguna noticia.
Una vez que transcurrieron seis meses -ya habíamos atravesado los montes Fasani- el intervalo entre uno y otro arribo de los mensajeros aumentó a cuatro meses. Ahora ellos me traían noticias lejanas; el sobre me llegaba ajado, muchas veces con manchas de humedad, debido a las noches que el portador se había visto obligado a pasar al sereno.
Avanzábamos aún. En vano buscaba persuadirme de que las nubes que se deslizaban rápidamente sobre mí eran iguales a las de mi niñez, que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que tenía sobre mí, que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros se me aparecían en verdad, como cosas nuevas y diversas; y yo me sentía extranjero.
¡Adelante! ¡Adelante! Vagabundos encontrados por la llanura me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, borraba las palabras descorazonadoras que se formaban sobre sus labios.
Ya habían pasado cuatro años de mi partida. ¡Qué larga fatiga! La capital, mi casa, mi padre, se habían vuelto extrañamente remotos, casi no me parecían reales. Ahora pasaban fácilmente veinte meses entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me traían curiosas misivas amarillentas por el tiempo y en ella encontraba nombres olvidados, modos de decir insólitos para mí, sentimientos que no lograba comprender. A la mañana siguiente, después de una sola noche de reposo, mientras nosotros nos poníamos en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que yo había preparado en ese mismo tiempo.
Pero ya han transcurrido ocho años y medio. Esta noche cenaba solo en mi tienda cuando entró Daniel, que aún lograba sonreír, aunque estaba muerto de cansancio. Hace casi siete años que no lo veía. Durante todo este período larguísimo no ha hecho más que correr, atravesando praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme el paquete de sobres que hasta ahora no he tenido deseos de abrir. Ya se fue a dormir y volverá a partir mañana mismo, al amanecer.
Partirá por última vez. Consultando el calendario calculé que, aunque todo salga bien, yo continuando mi camino como lo he hecho hasta ahora y él el suyo, no podré volver a ver a Daniel hasta dentro de treinta y cuatro años. Entonces tendré setenta y dos.
Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que me muera antes. No lo volveré a ver. Dentro de treinta y cuatro años (quizás antes, mucho antes) Daniel descubrirá, inesperadamente, los fuegos de mi campamento y se preguntará por qué nunca antes le resultó el trayecto tan corto.
Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarillas, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral y me verá inmóvil tendido sobre el camastro, flanqueado por dos soldados con antorchas, muerto.
¡Anda, pues, Daniel, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres la última ligazón con el mundo que en un tiempo fue también mío. Los mensajes recientes me han hecho saber que han cambiado muchas cosas, que mi padre ha muerto, que la corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra, allá, donde estaban las encinas a cuya sombra solíamos jugar. De cualquier manera, siempre seguirá siendo mi vieja patria. Tú eres la última atadura con ella, Daniel.
El quinto mensajero, Eduardo, que me alcanzará, si dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir porque no tendrá tiempo de regresar. Después de ti, el silencio, ¡oh, dios mío!, a menos que encuentre los anhelados confines. Pero cuanto más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera. No existe, sospecho, frontera alguna, por lo menos en el sentido que habitualmente le damos. No hay muralla de separación, ni ríos divisorios, ni montañas que cierran el paso. Probablemente atravesaré el límite sin ni siquiera advertirlo e, ignorante de mí, continuaré mi camino. Por eso he decidido que cuando Eduardo y los demás mensajeros, después de él, me alcancen nuevamente, en vez de volver a tomar el camino de la capital, se me adelante, para que yo pueda saber con anterioridad lo que me espera.
Desde hace un tiempo una ansiedad inusitada se apodera de mí por las noches y ya no se trata de la añoranza de las alegrías pasadas, como en los primeros tiempos del viaje; más bien es la impaciencia de conocer la tierra ignota a la que me dirijo.
Advierto -y no se lo he confiado hasta ahora a nadie- cómo de día en día, a medida que avanzo hacia la improbable meta, el cielo irradia una luz insólita como jamás había visto, ni siquiera en sueños. Ha quedado definitivamente atrás el último cielo azul.
Las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de lo ya conocido y el aire me acerca presagios que no sé transmitir.
Una nueva esperanza me llevará mañana por la mañana aun más adelante, en dirección a aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche. Una vez más levantaré el campamento, y Daniel desaparecerá en el horizonte en dirección opuesta, para llevar a la ciudad remota mi inútil mensaje.
FIN

LOS SIETE MENSAJEROS Y OTROS RELATOS es una selección significativa en la que, además de piezas emblemáticas del autor italiano, como «Miedo en la Scala», «El hundimiento de la Baliverna», «El colombre» o la que da título al volumen, se acogen varios cuentos que se cimentan en uno de sus recursos favoritos, la parábola. En ellos, aunque a menudo distintos temas y preocupaciones se solapan, se tratan las heridas del tiempo, de los desencuentros amorosos y de la eterna condición humana. Otras veces el soporte de la fabulación lo constituye una situación intrascendente que acaba desbordando al individuo en medio de una atmósfera inquietante que a veces se desliza hacia el terror.
Incluye los siguientes relatos:
  • Los siete mensajeros (I sette messaggeri)
  • Siete plantas (Sette piani)
  • Tormenta en el río (Temporale sul fiume)
  • La capa (Il mantello)
  • La matanza del dragón (L'uccisione del drago)
  • Noticias falsas (Notizie false)
  • Miedo en la Scala (Paura alla Scala)
  • Una gota (Una goccia)
  • La canción de guerra (La canzone di guerra)
  • El pasillo del gran hotel (Il corridoio del grande albergo)
  • Invitaciones superfluas (Inviti superflui)
  • El hundimiento de la Baliverna (Il crollo della Baliverna)
  • Algo había pasado (Qualcosa era successo)
  • El derrumbamiento (La frana)
  • Una carta de amor (Una lettera d'amore)
  • El colombre (Il colombre)
  • Muy confidencial al señor director (Riservatissima al signor direttore)
  • La chaqueta embrujada (La giacca stregata)
  • El ascensor (L'ascensore)
  • Muchacha que cae (Ragazza che precipita)
  • Los bultos del jardín (Le gobbe nel giardino
Nota: en la biblioteca poseemos 4 volumenes de esta obra.

miércoles, 11 de febrero de 2009

ANIMAL LITERARIO: 25 AÑOS SIN UN GRANDE


"soy un animal literario. Así como los franceses suelen referirse al hombre como un animal pensante o un animal filosófico, yo soy un animal literario. Nací para la literatura" Julio Cortázar (26/08/14 - 12/02/84)












EL PERSEGUIDOR FRAGMENTO
"... a mí me perseguía desde hacía varios meses una historia, un cuento largo, en el que por primera vez yo me enfrentaba con un semejante."

J.C.

D édée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante...
Si querés continuar con la historia, continuala en este sitio:
http://www.geocities.com/juliocortazar_arg/juliocortazar.htm


Cortázar habla de

"El perseguidor" y Charlie Parker
JC: Vos sabés que en "El perseguidor" hay un episodio en donde Johnny cuenta cómo el tiempo queda abolido. Bueno, eso es absolutamente autobiográfico. Y además no solo me sucedía en la época en que escribía "El perseguidor" -y que en ese momento, en el orden del cuento me vino bien, entró esa intuición que tiene Johnny- sino que me sigue sucediendo. Por ejemplo, hace tres o cuatro días volví por el lado de la Place d'Italie, en el metro, y tenía que llegar hasta aquí, a la Gare de l'Est. Estaba en un estado de cansancio, de mala salud, como sabés, y muy distraído. Los estados de distracción (eso que se llama distracción) son para mí estados de pasaje, favorecen ese tipo de cosas. Cuando estoy muy distraído, en un momento dado es ahí por donde me escapo.
Bueno, el otro día me pasó exactamente lo mismo en el metro. Entré en el metro, me senté, el metro echó a andar y yo empecé a pensar. Era el final de una conversación con un amigo; seguí pensando, le di vueltas a la cosa y aparecieron episodios del pasado, una serie de imágenes. El solo hecho de que yo te lo esté contando así ya está llevándonos unos cuantos segundos, ¿no? Pero eso siguió y siguió. Yo no tenía ningún control de tipo temporal, simplemente estaba perdido en una meditación. Y en un momento determinado sentí el golpe de los frenos, el tren se detenía. Miré la estación, suponiendo que ya debía estar muy cerca de la Gare de l'Est. Y era la primera estación después de aquella en que yo lo había tomado.

OP: Que si no me equivoco se llama Campo Formio.

JC: Sí. Es decir, se trata exactamente del mismo episodio de Johnny. Con un poco de trabajo yo podría reconstruir todo lo que pensé. Y te aseguro que en nuestro tiempo, en el que podemos medir con este reloj, eso nos llevaría por lo menos diez minutos. Y yo sé perfectamente que entre esas dos estaciones hay un minuto. Entonces, hay una especie de superposición de tiempos diferentes, que yo no puedo utilizar. Ojalá pudiera utilizarlos. Lo he pensado muchas veces con nostalgia, porque si yo pudiera multiplicar mi tiempo sería casi como ganar una especie de inmortalidad.


OP: Exactamente. Ahora bien, si pasamos de estos cuentos tuyos a "El perseguidor" se nota como una especie de ruptura. Tú dijiste en otra entrevista que no es ahí que tuviste por primera vez conciencia del peso, de la gravitación de un personaje, pero sí que en este cuento lo que importa es el personaje, que empezaste a tener una mayor visión existencial de la literatura. Lo que puede parecer paradójico es que tú no conociste al personaje en cuestión, a Charlie Parker.

JC: No, yo no lo conocí personalmente, aunque sí estéticamente, porque me tocó vivir en el momento en que Charlie Parker renovó completamente la estética del jazz y después de un período en que nadie creía y la gente estaba desconcertada por un sistema de sonidos que no tenía nada que ver con lo habitual, se dieron cuenta de que allí había un genio de la música. Y entonces la anécdota de ese cuento es la siguiente: a mí me perseguía desde hacía varios meses una historia, un cuento largo, en el que por primera vez yo me enfrentaba con un semejante. Porque la verdad es que, como decís vos, hay una ruptura en "El perseguidor".
En todos los cuentos precedentes, los personajes pueden estar vivos, pueden comunicarle algo al lector, pero si se analiza bien -es como en los cuentos de Borges- los personajes son marionetas al servicio de una acción fantástica.




Nota: toda la obra de Cortázar es muy recomendable, pero Historia de Cronopios y de Famas y el Perseguidor son mis favoritos. Recomiendo especialmente El perseguidor para ser leído con adolescentes, porque el autor entra en el mundo de la música y através de su protagonista , un músico de jazz, se hace preguntas existenciales.
Preguntas acerca de las creaciones de absolutos, de modelos, de Dios, que no se ven refrendadas por la compleja realidad. Preguntas sobre la percepción del tiempo, su relatividad, su misterio. Todo ello con un lenguaje y unos planteamientos no filosóficos o formales sino cotidianos y creíbles.

Sitios para saber más sobre el autor y bajar gratis algunas obras :
http://juliosilva.org/spanish/retrato-de-julio-cortazar-por-su-pintor-favorito-y-mejor-amigo

jueves, 18 de diciembre de 2008

FELICES FIESTAS!!! La literatura ha contribuido con el espíritu navideño, nos deja fantasear, y volver a ese mundo mágico de la infancia. Les regalo algunos cuentos clásicos navideños. Que los disfruten!!!
Cuento de Navidad de Charles Dickens.
El regalo de los reyes magos de O'' Henry.
Un extraño cuento de Navidad de GUy de Maupassant.

Es el deseo de esta bloguera que intenta serlo

sábado, 6 de diciembre de 2008

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA



José Saramago, escritor portugués y ganador del premio Nobel de Literatura de 1998, nos presenta una magistral historia , que intenta describir el comportamiento humano en las condiciones más extremas, haciéndonos dudar si realmente somos tan civilizados como creemos.

El libro describe una extraña enfermedad que toma la población. Se trata de una ceguera blanca generalizada, dejando los enfermos viviendo en un mar de blancura infinito. Los enfermos son internados, pero la plaga se sigue extendiendo sin compasión dejando las calles plagadas de ciegos, que deben recurrir a sus más primitivos instintos humanos para poder sobrevivir en un mundo sin ojos donde reinan el caos, el desorden y la desesperación.

Al leer la novela te acostumbras al estilo de este genial escritor (no tiene párrafos, los diálogos se sitúan en mayúsculas entre dos comas) entras en un mundo donde descubrís la crueldad de una sociedad dominada por el pánico y viendo quién sobrevive, ¿¿¿el más fuerte o el más débil???

Descubrí este interesante libro que se encuentra en la biblioteca.

Nota: hace un tiempo se hizo la película CEGUERA , basada en la novela del escritor José Saramago.

viernes, 28 de noviembre de 2008

RECOMENDADOS DE LIBROS




Demian, Herman Hesse.
Esta novela es una obra que no solo entretiene, también deja espacio para la reflexión. La obra desarrolla la vida de un hombre, pero no es solo un simple relato...
Intenta contener a la persona en su crecimiento, reflejando las decisiones y los conflictos por los que pasamos cada uno.
Expresa muy bien los momentos de ahogo emocional que atraviesa un ser en el camino de la vida.
Es muy interesante, habla del amor, del mundo familiar, de la sociedad, la religión.
Herman Hesse se cuestiona lo mismo que cualquiera de nosotros y da respuestas interesantes y por qué no, acertadas.
Karina Ardizzone (egresada 2007)

El diario de Ana Frank
Este Diario fue encontrado en el año 1946, y es unos de los testimonios más fundamentados de la persecución del nazismo. Ana refleja en su diario lo que vivió en carne propia en la buhardilla de una casa mientras se desataba la segunda guerra mundial.
Recomendamos este libro, que está en la biblioteca, porque nos hizo reflexionar que el hombre no aprende de los errores (horrores) sino que vuelve a cometerlos (Dictaduras Americanas, Franco en España, Conflictos de Medio Oriente, China) y los genocidios se suceden con el paso de los años.
Melina Gauto y Romina Sanchez 2°2°E